El problema no eran las clases.
Tomé clases de español y después de inglés. Hice los ejercicios, aprendí las conjugaciones, marqué las lecciones. Sobre el papel, avanzaba.
Y luego llegaba el momento de hablar con alguien de verdad y todo se bloqueaba. Me sabía las palabras. Solo que nunca las había dicho en voz alta a otra persona.
Así que busqué un compañero.
Es lo que todo el mundo aconseja: encuentra a un nativo y habla con él. Me registré en las apps de intercambio de idiomas. Y ahí es donde pasa algo raro.
Te escribes. Un mensaje, una frase corregida, y ahí se queda. Pasan las semanas y nadie descuelga nunca. Casi nadie está ahí de verdad para aprender, y para soltarte en un idioma no hay atajo: hay que hablarlo con alguien, con regularidad.
Lo difícil nunca fue la gramática. Era encontrar con quién hablar, semana tras semana.
Y cuando encontraba a alguien, no duraba.
De vez en cuando encajaba. Una buena conversación, alguien con ganas, y nos decíamos «lo repetimos la semana que viene». La semana que viene no llegaba nunca.
Encontrar a una persona fiable, capaz de mantener una cita fija, resultó ser más difícil que aprender el idioma.
Así que la creé.
PalVivo es la app que buscaba entonces. Dices qué idiomas hablas y cuáles estás aprendiendo, y te encontramos a tu opuesto: alguien que aprende tu idioma y habla el que tú quieres. Los dos tienen algo que ganar, y por eso la gente aparece.
Y la llamada no es una opción escondida en un menú. Es la idea entera. La mitad en tu idioma, la mitad en el suyo, con la misma persona, semana tras semana.
— Maxime Dubé, fundador de PalVivo
